Cuando el testigo o el acusado simulan olvido. Modos de detectarlo y credibilidad de estos testimonios

Demasiadas lagunas

Demasiadas lagunas

Los psicólogos y psiquiatras forenses han de valorar tanto las declaraciones falsas realizadas por inculpados, testigos o perjudicados, que voluntariamente mienten, como las que se adornan de múltiples errores víctimas de fallas en la memoria.

Somos conscientes de que algunos simuladores enseñan a otros a responder pruebas de tipo Rorschach o WAIS, por lo que su examen exige mucha pericia, prevención y ocasionalmente seguimiento longitudinal.

Realmente, en la historia sólo un indicador conductual y visualmente observable nos ha garantizado la veracidad o la mentira de las palabras de su propietario: la nariz de Pinocho.

Y entonces, ¿cómo detectar la mentira? La historia nos muestra distintos intentos. Hace 3.000 años aproximadamente, los chinos hacían tomar al hipotético farsante polvo de arroz, si lo escupía húmedo era sincero, si seco es que mentía. Los israelitas en el llamado Juicio de Dios acercaban un hierro candente a la lengua del testigo, si no se quemaba decía la verdad, en caso contrario sufría la quemadura. Las fórmulas como se ve se basaban en que dada la absoluta fe que el sujeto tenía en el método, si mentía dejaba de producir saliva.

En la actualidad se realizan estudios fisiológicos que constatan los cambios producidos en la tasa cardiaca, respiratoria, en la conductancia psicogalvánica, en la sudoración, dilatación pupilar, etc. Se emplea el polígrafo (o detector de mentiras) pero este instrumento no es infalible ¿qué resultado da con un psicópata que no revela emociones? Y por el contrario ¿con el ansioso que puede sufrir hasta ataques de pánico ante la situación de ser explorado? Desde luego, existen procedimientos para erradicar en gran medida el riesgo de error, uno de los sistemas consiste en elaborar un amplio cuestionario de cinco preguntas cada ítem, referentes a cuestiones muy específicas que sólo conoce la policía y la víctima (si es que ha sobrevivido). El sospechoso ha de repetir cada pregunta, si las alteraciones fisiológicas sólo se producen al formular la opción correcta (real) es seguro que conoce mucho, mejor dicho muchísimo de lo acontecido y, sin embargo, ¿eso nos garantiza que lo ha cometido él?

Para descubrir a los culpables también se han utilizado las drogas, los aztecas del México precolombino usaban el peyote, sin embargo, la más renombrada por haberse administrado en la Segunda Guerra Mundial, es el pentotal sódico. Las investigaciones serias concluyen que ni la inyección de este «suero de la verdad» garantiza que no se pueda callar o incluso falsear la información.

A fin de detectar la mentira (o valorar la credibilidad) se estudia el lenguaje del sujeto, analizando el número y frecuencia de las pausas, los cambios semánticos y estilísticos. Estos estudios estilométricos darán resultado en la determinación de autoría de grabaciones, coadyuvando a las pruebas de voz. En todo caso, las respuestas no resultan hoy por hoy concluyentes.

También se valora la comunicación no verbal (expresión facial, movimiento de piernas, tamborileo de dedos, etc.). Se parte de que cuando se miente, la atención se centra en esa actividad siendo difícil domeñar otras respuestas y formas de comunicarse. Lo cierto es que se dan los denominados falsos-negativos y falsos-positivos. A estos últimos algunos autores lo han llamado el error de Otelo, pues en la tragedia de Shakespeare, Desdémona (esposa de Otelo) es injustamente acusada de adulterio, el miedo a no ser creída le conduce a un estado que Otelo erróneamente interpreta propio de quien miente; el final ya lo saben: Otelo la estrangula.

Fundamentado en la teoría motriz de la conciencia (todo fenómeno psíquico consciente tiene una correlación muscular) se encuentra el psicodiagnóstico miocinético de Mira y López. El examinado tiene que realizar actividades de movimientos con los brazos. Tampoco este sistema es totalmente fiable.

Respecto a la hipnosis, se ha verificado que los sujetos no sólo pueden mentir, sino que además al ser más sugestionables dan una impresión de mayor credibilidad.

En definitiva no existen pruebas infalibles. Traigamos a la memoria el caso (llevado al cine) de los Cinco de Birmingham (proceso motivado por el atroz atentado en Guilford, Inglaterra). Nadie cuestionó la prueba de detección de sustancias explosivas que encontró restos de las mismas en las uñas de la manos, de los, desde ese momento, culpables. Años después (bastantes) se descubrió que eran inocentes. ¿Cómo se explica? Muy sencillo, los naipes con los que habían jugado estaban fabricados con esa sustancia.

Hay quien simula enfermedad mental (más frecuentemente los hombres). Unas veces en el Derecho Civil se busca mediante simulación conseguir la nulidad del matrimonio, o bien mediante la disimulación evitar o revocar una situación de incapacidad para, por ejemplo, dictar testamento. En el Laboral se muestra psicosis invalidante, o postraumática ocasiona por accidentes de trabajo. Su objetivo es la indemnización o la pensión vitalicia. Esta simulación está aumentando mucho.

Pero lo que aquí nos interesa es el Derecho Penal. El sujeto busca ser declarado inimputable o en todo caso que su responsabilidad quede atenuada. Resulta clarificador que, en los países donde no hay pena de muerte, el porcentaje de simuladores es menor. En otros casos su meta es ser enviado a la sección psiquiátrica de la prisión. E incluso es utilizada por reclusos que van a salir pronto de la cárcel y ya tienen in mente dar nuevos golpes y buscan así una coartada en caso de ser detenidos.

Y hay que decido con claridad. Creer que todo criminal que simula una enfermedad mental padece patología, significa desconocer profundamente la forma de pensar y posicionarse de los criminales.

Se detectan distintos tipos de falsedad:

a. Simulación: El sujeto sin patología busca consciente y deliberadamente parecer un enfermo mental, reproduciendo conductas, falseando tests, imitando crisis epilépticas, intentando variar el trazado del EEG.

b. Disimulación: A la inversa de la simulación, los errores diagnósticos en estos casos resultan peligrosos, piénsese en algunos paranoicos o en los efectos de delirios celotípicos.

c. Hipersimulación: El engaño exagerado en presencia del perito forense, fiscal o juez.

d. Sobresimulación: Son enfermos mentales (generalmente celotípicos, paranoides o afectos de depresión mayor) que intentan mostrar otro cuadro clínico.

e. Retrosimulación: Exposición de cuadros clínicos padecidos anteriormente -muy empleada por toxicómanos.

f. Metasimulación: hacer ver que se inicia una patología -utilizada con visión de futuro

El simulador suele adoptar una actitud de «estupidez» de mirada en el vacío, en otras ocasiones se parapeta en el mutismo, la catatonía, el negativismo.

Para descubrir el fingimiento se ha de discriminar lo que es un síndrome o trastorno específico de lo que son síntomas aislados (muchas veces erróneamente entremezclados por el simulador). También se ha de establecer cuándo aparece la hipotética sintomatología (muchas veces el día después de ser detenido) y su tipología (si se trata de delitos absurdos, ataques a desconocidos, piromanía o cleptomanía o, por el contrario, subyace una motivación o interés claro).

Se recabarán datos de familiares, servicios sociales y otras instituciones que, junto a la exploración psicológica, permitan establecer una anamnesis e historia clínica. Hay que apreciar su aspecto (vestimenta, aseo), los enfermos ocasionalmente se presentan sucios o desaliñados pero no estrafalarios o extravagantes (ropa al revés). Captar la comunicación gestual (por ejemplo, no es fácil imitar la desconexión visual del depresivo, el que simula suele mirar a hurtadillas para ver el efecto de su interpretación). Analizar la expresión verbal, hay matices diferenciadores entre la artificiosa jerga del simulador y la irrepetible e inconfundible incoherencia del esquizofrénico. Valorar los movimientos, por ejemplo, la hiperquinesia característica de los maníacos, hay simuladores que muestran una combinación de gestos extraños (en todo caso y sorpresivamente por la noche tienen un sueño placentero y reparador). Los indicadores somáticos también resultan muy relevantes, no es fácil simular bradicardias propias de los depresivos endógenos, o la taquicardia y disnea de los ansiosos o trastornos asociados de otras patologías como anorexia y bulimia.

Los test psicológicos son muchas veces decisorios a la hora de descartar deficiencias y enfermedades mentales. Algunas pruebas psicométricas detectan el intento de simulación y la falta de sinceridad al contestarlas. Otras pruebas proyectivas como la de Abrahamsen-Rosanoff-Jung, basada en una extensa lista de palabras (unas neutras, otras relacionadas con el hecho delictivo y otras con la hipotética enfermedad) resultan significativamente identificativas al interpretar el tipo de contestaciones, asociaciones, tiempo de reacción, etc. Otras técnicas a utilizar son el EEG (electroencefalograma), el TAC (Tomografía Axial Computerizada), la resonancia nuclear magnética, el estudio de potenciales evocados, los análisis bioquímicos. Cuán lejos queda el método infalible de nuestros padres para valorar la sinceridad de nuestras palabras «Mírame a los ojos». Con estos simuladores de enfermedad mental hay que emplear «triquiñuelas», veamos algunas: Presentarles objetos comunes (un bolígrafo) o realizarles preguntas sencillas (color del sol), estos falsos pacientes pueden llegar a decir que no saben, equivocarse, lo que sólo ocurriría con personas con gravísimas alteraciones de conciencia (apreciable con suma facilidad). Si el perito forense señala en voz alta, pero veladamente, la veracidad de la enfermedad mental pero se sorprende de la ausencia de un síntoma (inventado e irreal) el mismo aparecerá en ésa o la siguiente sesión. Se ha de discriminar la simulación de enfermedad mental de los trastornos facticios (síntomas físicos o psicológicos fingidos o producidos intencionadamente con el fin de asumir el papel de enfermo), pues en el trastorno facticio no hay incentivos externos que justifiquen los síntomas (por ejemplo, evitación de responsabilidad legal). Este trastorno no excluye la coexistencia de síntomas físicos o psicológicos verdaderos. Los pacientes con trastorno facticio mienten patológicamente, suelen conocer la terminología y entorno médico y psicológico, van de institución en institución. Cuando se les enfrenta a su patología la niegan o buscan (ese mismo día) a otro profesional.

En los que predominan los signos físicos, suelen pasar la vida en los hospitales (síndrome de Münchausen); algunos tienen el «abdomen en forma de reja» (por las múltiples intervenciones quirúrgicas de tipo exploratorio a que son sometidos).

Los de subtipo psicológico buscan asumir el papel de paciente de síntomas generalmente psicóticos (disociación, alucinaciones, ideación suicida, etc.). Suelen ser muy sugestionables. Su sintomatología va asociada al concepto que tiene de enfermedad mental por lo que no coincide con ninguna de las características diagnósticas conocidas. Muchas veces toman sustancias psicoactivas para mostrar signos de enfermedad mental (utilizan hipnóticos para provocar letargia, estimulantes para inducir inquietud, alucinógenos para mostrar euforia), cuando las combinan provocan cuadros extravagantes.

Tampoco se ha de confundir simulación con hipocondría cuya característica esencial (DSM-IV) es la preocupación y el miedo a padecer, o la convicción de tener una enfermedad: grave, a partir de la interpretación personal de uno o más signos o síntomas somáticos, el miedo injustificado persiste a pesar de las explicaciones y las pruebas médicas en contra. Salvo las patologías reseñadas, el enfermo tiende a negar sus trastornos, el simulador los reafirma y cuando se le interroga en una dirección se inclina a ella.

Habrán de verificarse las contradicciones del simulador y su intento de corregirse. Pero intentar descubrirlo no puede conducir a ponerse al margen de la ley, de los derechos humanos y de los códigos deontológicos profesionales, es decir, no es ético ni admisible emplear amenazas, recluirlos con verdaderos enfermos, provocar la embriaguez o administrar otras drogas.

Los estudios de Sobral y Arce (1990) dan a conocer que los jueces son más hábiles que los jurados a la hora de juzgar la credibilidad pero más propensos hacia la culpabilidad del acusado.

Respecto a los testigos, ya en 1980 Loftus explicaba que sus declaraciones son las que más peso tienen, si soslayamos la pistola humeante.

Ahora bien, se ha de tener mucho cuidado en la forma en la que se formulan las preguntas en los interrogatorios y entrevistas de los testigos para no modificar la memoria o incluso la respuesta de los mismos.

Para evitar en lo posible el olvido contamos con la entrevista de corte cognitivo que difiere acusadamente del tradicional acercamiento tipo interrogatorio. Busca aproximar la edad física, evocar el recuerdo, reproduciendo mentalmente el contexto, retrotrayendo al litigo al momento relevante mediante la reelaboración vivida de los sonidos, las sensaciones, olores y aun sentimientos. En síntesis se trata de reproducir cognitivamente todo aquello que consciente e inconscientemente fue percibido.

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